DE PAREJA A FAMILIA. COMO SOBREVIVIR A LA LLEGADA DE UN HIJO
Cuando nos enamoramos, la relación afectiva se basa en estar juntos, en el placer, la diversión y el bienestar. Normalmente “estamos en pareja” cuando regresamos del trabajo o del estudio o cuando terminamos nuestras actividades y tenemos plena disponibilidad para nosotros mismos. Ahora bien, una vez que nacen los niños las cosas cambian para siempre. Sobre todo porque las mujeres perdemos el tiempo de ocio, de descanso y de disponibilidad personal. A partir de ese momento, ese “tiempo otrora paradisíaco” lo succiona literalmente el bebé. Esa es la vivencia de la madre.
En sociedades donde las mujeres se hacían cargo comunitariamente de la crianza de los niños mientras los hombres se ocupaban enteramente de procurar el alimento, el puerperio funcionaba como un tiempo de reposo y de atención exclusiva para el recién nacido. No había apuro para abandonar ese estado de entrega y silencio, de leche y fluidos.
Nuestra realidad social es otra. Vivimos en familias nucleares, en pisos pequeños, a veces alejados de nuestras familias primarias y en ciudades donde no es tan fácil reemplazar a una comunidad de mujeres que alivian las tareas domésticas y construyen una red invisible de apoyo. Sin embargo todas las puérperas necesitamos esa red. Sobre todo cuando no hay nadie defendiendo las necesidades impostergables de la díada mamá-bebé.
El panorama es desalentador para las mujeres modernas y urbanas, aunque pensemos que esto hace parte de la liberación femenina: en realidad no hay verdadera elección, casi nadie está en condiciones de decidir cuánto tiempo necesita quedarse con el bebé y cuándo es el momento adecuado para cada una para reincorporarse a la vida laboral. Y esto no está sólo pautado por las necesidades económicas, muchas veces reales. Sino sobre todo por una identidad construida casi integralmente en el ámbito del desarrollo laboral.
Por otra parte, la vivencia de los padres es diferente. Contrariamente a nuestra mujer, tenemos espacio psíquico disponible. Nos sentimos abandonados, no amados, no tenidos en cuenta y prescindibles. Tenemos la sensación de apoyar a nuestra mujer en la crianza, pero subyace una vivencia de soledad y de haber quedado fuera de la escena a pesar de nuestros esfuerzos por permanecer allí.
Aparece entonces la lucha para que “el otro” responda a nuestras necesidades que han cambiado para ambos y que son diametralmente opuestas: Las mujeres esperamos poca demanda del varón, hartas de estar al servicio del niño; en cambio los varones esperamos recuperar la mirada y la atención.
Normalmente la sensación de caos y frustración es enorme cuando nuestra pareja no responde a nuestras necesidades como nosotros esperamos. Las mujeres, desbordadas por la dedicación que asumimos como madres, sentimos que nuestra pareja debería poder nutrirnos de alguna manera y reconocer el esfuerzo que estamos haciendo. Casi como un príncipe azul.
La realidad suele ser diferente. Los varones nos sentimos tan solos y desorientados como las mujeres, con las reglas cambiadas, sin un espacio confortable donde arribar y con una princesa convertida en bruja dentro de casa. Las necesidades de unos y otros han sido relegadas detrás de las demandas impostergables de los hijos. Ambos esperamos que el otro haga lo que no hace.
Quejarse y buscar aliados que escuchen nuestras razones, es el recurso más frecuente. Ese momento puede ser la oportunidad perfecta para convertirnos en dos seres que caminan juntos por la vida, a favor del bienestar de todos. Porque llegó el momento de conversar, ya que la relación de pareja la hemos construido entre los dos, posiblemente con más fantasías que esfuerzo.
Por eso nuestra mejor herramienta es el diálogo. Lo importante no es cambiar el estado de las cosas, sino saber qué nos pasa a unos y otros. Poder explicar con sencillez lo que nos sucede y tener la generosidad de escuchar al otro abiertamente sobre lo que le sucede, se asemeja a un prolongado abrazo en medio de la tormenta.
La presencia de los niños pone en evidencia el desconocimiento que pesaba sobre nosotros mismos y sobre la persona que tenemos a nuestro lado. De alguna manera ellos nos obligan a madurar y a hacernos responsables de nuestra desconexión emocional.
Laura Gutman
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