Lo que mis abuelas me contaron

Marcos nació en la madrugada del 20 de Octubre de 2006 en el Hospital de Jarrio, (Asturias). A lo largo de mí embarazo me había planteado que deseaba un parto lo más natural posible y por supuesto quería amamantar a mí bebé, aunque no me hubiera imaginado que lo iba a hacer de una forma tan prolongada. Lo del parto natural no pudo ser debido a diferentes motivos, por eso no podía dejar que ningún inconveniente quebrase la lactancia materna. Y en esos primeros momentos de incertidumbre y desconcierto que sobrevienen en el puerperio comenzamos a buscar ayuda y asesoramiento y nos encontramos con Clara y con la asociación de apoyo a la lactancia materna Lactamor. Y fue todo un descubrimiento (¡qué paradoja!) poder dialogar y sentir que otras madres habían vivido antes los mismos problemas y de repente caer en la cuenta que todos esos mitos tan arraigados en el acervo popular estaban errados, y que todo era un poco diferente a lo que estábamos pensando, y al mismo tiempo descubrir que en ése momento iba a ser la lactancia, pero que más adelante surgirían otros conflictos en los que es fundamental no sentirse sólo. Y es que para mí hoy el tiempo ha pasado muy rápido y hablar de lactancia es hablar de crianza, un concepto que a una puérpera primeriza le quedaba grande hace unos meses. Después de dos años y tres meses la “tita”,“tetita” ó “teti” ha resultado ser una aliada estupenda para mí hijo, para mí e incluso para Miguel, mí marido, por los efectos relajantes que ésta posee para mí y para el bebé: no nos solemos poner enfermos, salvo casos muy puntuales; mí faringitis crónica se ha convertido sólo en una amenaza; disfrutamos de la lactancia cuando hemos pasado unas horas separados debido al trabajo; nos relajamos después de un día estresante para dormir más a gusto; no sabemos lo que es pasar noches en vela… Y todo este tiempo me ha servido para revivir muchos momentos de mí propia crianza, de lo para mí fue una infancia feliz y que siempre ansié para mis hijos, por eso he disfrutado escribiendo estas líneas y espero que también sea reconfortante para quiénes lo lean.

A la memoria póstuma de mis abuelos Pepe y Castor y de mí abuela Alicia fallecida 14 meses después del nacimiento de Marcos.


Irma y Marcos

“Retazos de lo que mis abuelas me contaron”

Desde muy pequeñita pasaba muchos fines de semana y muchas tardes con mis abuelos paternos. A mí me gustaba mucho estar con ellos porque me contaban muchísimos cuentos e historias fantásticas de “trasníos”, “xanas”, o “pobres das portas”. Mí abuela Dorinda tiene una gran imaginación y era capaz de tenernos a mí hermana y a mí todas la tardes de invierno entretenidas con cuentos elegidos a la carta por nosotras que ella iba improvisando y narrando cómo si alguien se los hubiese dictado. Dormíamos con ella en la cama y nos hacía unos desayunos y unas meriendas que nunca olvidaré. Nos trataba cómo a princesitas. Cultivábamos el huerto con ella. Mí hermana y yo nos peleábamos por poner las “fabas” en su sitio en el “rego” y luego íbamos todos los días a ver si crecían y a ver cuál crecía antes si las mías o las suyas. También nos llevaban de paseo al bosque todos los días y caminábamos despacito con ellos cogiendo flores y piedrecitas, observando a los grillos, los pajaritos y sus nidos...Mí abuelo nos contaba leyendas de los pobladores antiguos y parecía que de un momento a otro saldría del bosque un “indígena” con sus flechas. Nos inculcaron una sensibilidad hacia nuestro entorno y una pasión por la historia de nuestros antepasados que llevamos muy interiorizado.


Mis abuelos paternos, mí hermana (disfrazada de enanito y yo de "Blancanieves" en la "cancella del Pino", en los montes de Barreiro, Boal


Mi hermana y yo con mis abuelos paternos, mí padre y mí tía Carmen en una merienda en el Gumio, Boal.


Mí abuela paterna, Dorinda, recuerda cuando ella mamaba. Su madre era “jornalera”, así que se iba pronto por la mañana y no regresaba hasta la noche, pero se acercaba al mediodía desde distancias de 8 kilómetros (ida y vuelta) para dar el pecho. Le decía a su madre:”ay, qué rica tá a tetía mamá, casi guta”. También me cuenta que recuerda que su madre masticaba la comida y luego se la daba. Siempre me menciona que mamó hasta muy mayor porque cuando mamaba le decían ¡ay, qué vergonza, inda mamando con lo grande que eres!, y que ella contestaba escondida en la teta “nun mamo, no”…

Por otra parte, mí abuelo paterno, Pepe, mamó también hasta muy mayorcito y su madre fue “madre de leche” de un bebé del pueblo que se quedó huérfano al nacer.

Mis abuelos paternos eran “ferreiros”, es decir, trabajaban el hierro en una fragua que tenían un cuarto bajo de la casa. Este era principalmente un trabajo de hombres, pero mí abuela ayudaba a mí abuelo haciendo trabajos muy duros cómo era preparar el carbón vegetal. Iban al monte a buscar uces, un brezo que abunda en nuestras sierras y con las raíces de este arbusto haciendo un fuego lento iban combustionándolo hasta obtener el carbón, después lo cargaban a mano para llevarlo a la fragua de la casa. También le daba al “barquín” un fuelle muy grande que insufla aire a la fragua para oxigenarla y avivarla para poder trabajar el hierro. Además de todo esto se encargaba de la casa y los niños.

Tuvo cuatro partos en casa. Amamantó a los dos primeros bebés hasta los dos y tres años. Insiste en que tuvo leche para ellos, pero que para las siguientes “ya no le llegaba”, las amamantó sólo hasta los 3 meses (tuvo dos niñas que se llevaban 14 meses, una de ellas falleció a los 6 meses de vida). Ella me cuenta compungida que “estaba muy esclava” del trabajo en la fragua y que con dos niñas tan seguidas, y sin comer adecuadamente que las niñas lloraban de hambre.

Desde mí punto de vista me parece interesante apuntar que los dos primeros partos tuvieron lugar en la década de los años 40 y los siguientes en la de los 50. Creo que es posible que las Casas de Leche de fórmula ya hubiesen hecho “algunos pinitos”.Me gustaría matizar que mí abuela recuerda con amargura la desagradable tesitura de criar con aquellos biberones rebajados que no tenían donde calentarlos, sobre todo en las noches de invierno...Tenía que encender la cocina económica, aunque luego idearon un infiernillo de alcohol para agilizarlo...

Pero hablando de “la teta” se le ilumina la cara. Me dice: “Cómo a teta nun hay nada”. Me explica que antes no se miraba el reloj, que tampoco lo tenían. “Condo choraban o roñicaban algo, dabámosyes de comer”. También me insistió mucho en que no acostase a Marcos en la cuna solo, sobre todo cuando era más pequeño. “Prubitín, con lo calentíos que tan cerca da sua tetía”. También se lamenta de los destetes, dice que le daba mucha pena cuando dejaban de mamar y es el día de hoy que disfruta viendo a su bisnieto pedir “tetita” Mí padre que mamó hasta los 3 años recuerda lo bien que dormía con sus padres, primero “colechando” y después en una camita pequeña, en la misma habitación.


En el huerto de la casa de mis abuelos paternos, en La Barreira, Boal.


Mi abuela paterna Dorinda con Marcos en la casa de mis padres en Miguil, Armal Boal


Abuela Alicia  La Casa de mis abuelos maternos, en Serandinas 

Cuando fuimos creciendo un poco también pasábamos grandes temporadas en la casa de mis abuelos maternos. A nosotras nos encantaba estar allí por un montón de razones. Era una casa enorme y antigua con un desván que parecía un museo etnográfico. Además había una biblioteca que era el paraíso del lector con publicaciones de prensa muy antiguas, pero también con un amplio repertorio de género epistolar en el que se recogía en buena parte la historia de la familia. Había una huerta enorme, con lo cual en verano con subirnos a los árboles a coger fruta ya teníamos bastante que hacer. Además cómo era una casa en la que siempre hubo muchos niños había muchos juguetes y de todo tipo. Aprendimos a andar en bicicleta en una “bici” que tendría en aquel entonces unos 30 años. Además, mis abuelos, mis tíos y tías estaban muy pendientes de nosotras. Todo era un juego, sacar las patatas en la finca, poner la mesa, ir a la hierba seca, ver cómo ordeñaban las vacas, recoger los huevos de las gallinas. ....


Irma En la sala de casa de mis abuelos maternos, en Serandinas, Boal.

Mi abuelo materno, Castor, fue emigrante. Viajó a Cuba con 16 años y regresó con 40. Cuando volvió se casó con mí abuela Alicia que tenía tan sólo 20 años. Mí abuelo que regresó de Cuba después de la guerra civil y unos años antes de la revolución Cubana traía ideas nuevas sobre la explotación de la casería asturiana: sabéis que el caserío asturiano se autoabastecía. En este caso, el intenta generar excedentes para su venta: vacas de leche con cuadra moderna y ordeñadoras, nuevas técnicas hortofrutícolas, apicultura movilista (moderna), granja de pollos...Mí abuela se encargaba del huerto principalmente y de la venta de estos productos, pero enseguida comenzó a estar muy ocupada porque tuvo siete partos, seis en casa.

Mí abuela Alicia estaba influenciada por un entorno diferente en cuanto a crianza al de mí abuela paterna, pero aún así amamantó a todos los bebés hasta el año de vida en que comenzaba el destete paulatino. Tenían dos cunitas, una pequeñita para los recién nacidos y otra más grande para los bebés más mayores y siempre dormían en la misma habitación que sus padres o en la cama con mí abuelo (mis abuelos dormían en camas separadas), ya que mí abuela solía tener a algún bebé más pequeño con ella “colechando y/o mamando”. Al lado de su habitación tenían otra comunicada por una puerta siempre abierta para los niños más mayorcitos. Mí madre recuerda que era sonámbula y que despertaba muchas veces con su padre, en su cama, ya de muy mayorcita Mí abuela siempre discutía con mí abuelo porque Castor (así se llamaba mí abuelo materno) llevaba a los niños “de excursión” a la hora de comer con el plato por toda la casería: a ver las gallinas, las vacas...Pero él lo hacía encantado porque decía que así comían mejor y más entretenidos. Imaginaros, ¡eran siete críos!.


Abuelos maternos Mis abuelos maternos, mí madre y mis tíos y tías

Abuela materna Mí abuela Alicia con Marcos cuando tenía 1 mes.


Por último y para terminar me apetece exponeros brevemente cómo Delfina, la madre de una amiga que nació en los Oscos, tuvo 12 partos ella sola en casa. Vivían en una casería aislada en el fondo de un valle precioso y muy fértil. Mí amiga me explica que cuando su madre se ponía de parto se encerraba sola en una habitación, le cuenta que ataba las sabanas de una viga al techo y cuando tenía ganas de empujar se agarraba al atillo de sábanas y paría de cuclillas. Cuando terminaba abría la puerta y dejaba pasar a su marido para limpiar a la criatura recién nacida. En uno de los partos cuenta que “lo pasó muy mal porque el niño venía de pies”. Los amamantó a todos, incluso al hijo de una pariente que falleció en el parto.

Estas son algunos de los retazos de mis historias familiares relacionados con la crianza, espero que os haya resultado interesante.

Irma. Febrero de 2009


Miguel, Marcos y yo


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